Mascarilla, pérdida auditiva y audífonos. Una difícil combinación.

Las mascarillas se han convertido en un elemento imprescindible de cara a protegerse contra el coronavirus. Sin embargo, para las personas con problemas auditivos suponen una barrera más en la comunicación.

El hecho de que impidan leer los labios crea inseguridad en este colectivo y puede provocar su aislamiento social.

Las mascarillas se han convertido en un elemento imprescindible de cara a protegerse contra el coronavirus. Sin embargo, para las personas con problemas auditivos suponen una barrera más en la comunicación. El hecho de que impidan leer los labios crea inseguridad en este colectivo y puede provocar su aislamiento social. Algunas soluciones a este problema añadido pasan por la confección de mascarillas transparentes o por el mayor aprovechamiento de la tecnología de última generación.

El uso de mascarillas es obligatorio actualmente en España en espacios públicos para los mayores de seis años si no se puede garantizar la distancia de seguridad de dos metros. Para la mayor parte de la población, que no acostumbra a utilizar mascarilla en su vida diaria, su uso continuado resulta ciertamente algo incómodo; produce irritaciones en la cara y barbilla por el roce persistente, daña la zona retroauricular por la presión de los elásticos (si estos son especialmente gruesos o tirantes) y genera permanentemente vaho en las gafas si no se coloca adecuadamente.

Con todo, hay una parte considerable de la población (alrededor del 5% de la población Mundial, según la OMS) para la que el uso de mascarillas, tanto quirúrgicas como N95, FFP2 o FFP3 en sus diferentes modalidades, convierte la vida diaria en un desafío aún mayor.

Las personas con pérdida auditiva, incluso cuando esta es de grado moderado, se enfrentan a un reto importante cada vez que intentan escuchar y entender a una persona con mascarilla. Básicamente, hablar con la boca tapada tiene dos consecuencias ineludibles, que en menor medida pueden afectar también a personas con audición normal en lugares ruidosos. En primer lugar, es imposible recurrir a una herramienta elemental como es la lectura labial, que proporciona las «claves» para descifrar mensajes que llegan distorsionados o incompletos.

Los pacientes con pérdidas auditivas más severas suelen tener una habilidad extrema para leer los labios y son plenamente conscientes de su utilidad. En los casos en los que la pérdida auditiva es de menor grado, la lectura, no solo labial, sino de toda la expresión facial, se realiza de una forma menos consciente, hasta el punto de que en ocasiones estos pacientes utilizan expresiones como «entiendo mejor cuando hay buena luz», o «entiendo mejor los telediarios o los programas en español que las películas americanas dobladas», sin apercibirse de que realmente mirar a la persona que habla les resulta útil; de hecho, es muy probable que si se les pregunta si saben leer los labios contesten que no. En segundo lugar, la voz procedente de un hablante con mascarilla se percibe atenuada y distorsionada en cierta medida. Esta circunstancia resulta obvia incluso para la población general. En las últimas semanas, por ejemplo, personas con audición normal refieren mayor dificultad para entender en ambientes ruidosos (mercado, reuniones familiares o de amigos) o a un compañero de trabajo equipado con mascarilla si habla desde cierta distancia, cuando estas situaciones no generaban ningún problema de inteligibilidad con anterioridad.

Las reflexiones expuestas hasta el momento cobran especial sentido atendiendo a una frase de Hellen Keller : «Entre no ver y no oír sin ninguna duda es mucho peor no oír, pues no ver te incomunica con los objetos pero no oír te incomunica con las personas, y eso te convierte en un objeto».

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